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¡Busco escritores de relatos y cuentos cortos!
Posted September 13th, 2013 - 7:53 pm by from Dorking, England (Permalink)
Buen día.
Estoy buscando escritores que se atrevan a mezclar relatos conmigo. Las reglas las ponemos nosotros.

Mis preferencias son, entre otras cosas, la ironía, la historia de ficción posible, el misterio, la complicidad con el lector, el situar la ficción en un contexto real, etc.

Les dejo uno de mis últimos relatos :)
Gracias, un abrazo grande.
Buenas tardes.

Victor Montero
http://facebook.com/monterovictormusic
http://monterovictor.com

El orfebre

El orfebre escribía lo que sucedía en la mesa. Sudaba letras y escalaba con su lápiz los vértices intrincados de todo aquello que se atreviera a componer su mirada y el alcance. ¿Había una caja en la mesa?, ¿una caja rosa elaborada? Pues bien, el orfebre se encargaba de escribirlo. Amaba la descripción, de las cosas sudescriptura. Noventa grados desde su naciente, hincada con un diente invisible regalando el hueco útil, llena de no se qué estupideces de dama. Y por allí alguien depositó una hoja. Blanca de fondo y negra de técnica. Inútil, al contrario que el hueco, pero allí está, y mira hacia arriba con aire altivo. A su lado, una madera incomprensible, como incomprensible los dados que no pasan por la mesa pero determinan que la madera incomprensible sí lo haga. El orfebre toma nota. Toma nota y genera, porque oficializar es ejecutar un efecto y así la caja desaparece. Nada parece extrañarle al orfebre, que continúa fiel a su cincel de carbón de tinta. La hoja se vuelve translúcida. La madera más incomprensible. El orfebre asiente pensativo, rozándose las ideas con la punta del cincel. Agudiza la vista y achaca al destino la taza de té que alguien deposita al otro lado de la mesa. Mientras describe levanta la mirada, consciente de que la pérdida del detalle es la pérdida del alma y observa la taza repleta de líquido humeante elevarse entre los aires y alejarse mas allá del borde. La agarradera ahora pertenece a unas manos manchadas del color del océano. El orfebre toma un diminuto catalejo antiguo que siempre porta en la chaqueta y apunta los brillos: quien bebe el té de a sorbos es un escultor, cuerpo y atuendo completamente impregnados de tinte azul. Allí lejos la taza retorna a su posición sobre la mesa y se va desvaneciendo. El orfebre guarda el catalejo, estira los brazos y se dispone: llegó la hora de su mejor descripción. El orfebre se acomoda en el asiento, va a comenzar. Pero pronto desaparece. Un herrero de poesías ocupa la silla, toma su lápiz opaco y comienza a rimar.